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Ingeniero civil exitoso, dio un vuelco a su vida cuando hace cinco años decidió combinar su profesión con el yoga. Hoy asesora a importantes empresas donde aporta sus conocimientos, pero también su filosofía de vida.

Sebastián Caussade

Un yogui urbano

El valor de la experiencia

Se autodefine como un “yogui urbano”, porque la paz que le da esta disciplina le permite estar dentro del sistema, sin perder la armonía. Aunque respeta el camino más ortodoxo, el suyo no es el del yogui aislado en la montaña, sin distracciones, ni responsabilidades. “He tenido el privilegio de ser el yogui de los Himalayas también, donde tu día es practicar, comer y dormir. Yo opto por estar inserto en el mundo, porque para mí lo bonito es compartir y generar valor en tu entorno, en tu trabajo, con tus amigos, donde carreteas. ¡Es heavy! En estos cuatro años, debo haber tenido como cinco mil alumnos y me siento feliz de saber que al menos para algunos de ellos mi experiencia ha sido valiosa para sus propios procesos”.

No adhiere a ninguna escuela, ni asociación. Para Sebastián el yoga es un camino de autoconocimiento y de búsqueda de libertad, por lo que todo lo que la coarte en algún grado, está lejos de ser su opción.

 

“No creo en ninguna regla que no esté basada en mi propia experiencia. Tampoco creo en tener que vestir cierto tipo de ropa para practicar ciertos estilos. Conozco yoguis que son maestros para la parrilla y me parece genial. En lo personal, me defino como vegetariano laxo: no como carne ni pollo hace cinco años, pero sí pescado. Tampoco lácteos, pero no por un deber, sino simplemente porque no me hacen bien. Es una decisión basada en mi experiencia”, relata. 

Hoy, a los 39 años, asegura sentirse pleno, entendiendo que siempre hay que hacer ajustes en el camino. Preparado, también, para emparejarse nuevamente, seguro de que al igual que su primera clase de yoga, el amor llegará cuando tenga que llegar. Su sueño más inmediato es irse a vivir a Cáhuil, al sur de Pichilemu. “Espero tener una casa acogedora y un espacio rico para practicar y hacer talleres de vez en cuando. Continuaré trabajando freelance y vendré a Santiago cuando sea necesario. Pero como todo en mi vida: probemos, sintamos y decidamos”.

En 2011 dio un giro total a su vida. O la vida lo volcó a él. Como muchas veces ocurre, el golpe que lo hizo replantearse llegó desde fuera: un repentino quiebre de pareja que no vio venir.

 

“Yo estaba entusiasmado y desde mi comodidad podría haber seguido ahí, pero nuestros caminos comenzaron a divergir hasta que en algún punto esa distancia se hizo irreversible. Ella fue evolucionando en su desarrollo personal, mientras yo me quedé pegado en mi relato: ser el número uno en la pega”.

 

Ingeniero civil de la Universidad Católica, a los 33 años era un ejecutivo exitoso, con una brillante carrera en LAN, donde ocupaba una de las gerencias de la dirección de marketing. Su situación económica era envidiable, vivía en un buen barrio, a pasos de su oficina, y estaba casado hacía cuatro años con su polola de varios años. Linda y profesional. Para el que miraba desde fuera, Sebastián Caussade Coudeu lo tenía todo…

 

Sin embargo, de un minuto a otro, no tuvo nada. Junto con quiebre de pareja, llegó un cuestionamiento generalizado. Más que de vacío, su crisis era de sentido: lo que tenía, ¿era realmente lo que yo quería o era más bien un cuento socialmente valorado? “Algo comenzó a no encajar. Me pareció estar actuando un guión que simplemente no era propio. Lo peligroso era que me iba bien, pero al final del día no estaba en paz ni lograba una coherencia interna”.

El yoga apareció como herramienta de sanación. Un amigo tenía un centro muy cerca de su casa y, a pesar de que siempre lo invitaba, nunca antes le interesó. “En el universo todo es sincrónico y nada es casualidad. El yoga llegó cuando tenía que llegar, muy de la mano con que terminaba un ciclo laboral: me dejé de proyectar en mi pega, ni siquiera ocupando el cargo de mi jefe”.

 

Comenzó dos veces por semana, luego tres, cuatro… Hasta que tomó la decisión: renunció a LAN para partir a la India a formarse como profesor. Estuvo cuatro meses en el Himalayan Iyengar Yoga Centre, en Dharamsala, en la India tibetana del norte, para luego estudiar dos meses más en Rishikesh con Usha Devi.

                                       Versión 2.0

De un viaje así, dice, no hay posibilidad alguna de volver igual, por las experiencias y la gente, pero sobre todo por el proceso personal. Porque más que un viaje a la India, era un viaje de introspección para encontrarse a sí mismo.

 

¿Y a quién encontraste?

Una versión mía para la cual es más importante la sensibilidad emocional, la conexión, el vínculo y la búsqueda trascendente. Sin embargo, ninguno de esos elementos eran parte del código bajo el cual me movía.

¿Te gustó esa nueva versión?

Vengo cableado así de fábrica, pero es difícil para un hombre construirse desde la emoción, porque socialmente es más valorado el líder exitoso que gana plata. De alguna manera, los paradigmas sociales nos condicionan a todos aunque sea un poco. Consciente o inconscientemente, me estaba sosteniendo en un pilar que no era el mío. Me iba bien y me servía; no puedo renegar de esa parte que me permite hoy financiar mi estilo de vida con cierta tranquilidad.

Al volver a Chile, ¿qué camino elegiste?

Había que tomar una decisión: trabajar tiempo completo o ser profe de yoga full time. Entre ambas alternativas, surgió una solución intermedia donde encajar ambas cosas. Hoy trabajo freelance y entre mis clientes están LATAM, Cencosud y Enjoy, y además participo en el directorio del Hotel Bidasoa. Mi lado racional se nutre mucho de ese espacio, pero me gusta tener tiempo para el yoga.

 

¿Cómo llegaste a instructor?

Me invitaron, a pesar de que mi propósito nunca fue ser profesor. Para mí no tiene sentido pensar para decidir; es más importante sentir. En mi vida aplico probemos, sintamos y decidamos. Si tenía los conocimientos, ¿por qué no probar? Si no me gustaba o la recepción de los alumnos no era la esperada, chao no más.

 

¿Qué fue lo que “sentiste”?

¡Me encantó! El intercambio con los alumnos es increíble. El que piensa que va a enseñar termina siendo el que más aprende, no hay duda alguna. Uno deja un mensaje, pero se lleva mil cosas.

 

¿Cuál es tu mensaje?

Que no vas a ser mejor persona si no encuentras primero tu propio camino. Para mí el yoga ha sido un camino de autorrealización: encontrar tu verdad y aceptarla para construir desde ahí. Cuando te enrielas en lo tuyo, la vida comienza a fluir y es como si te estuviesen echando vuelo desde atrás.

“El yoga ha sido un camino de autorrealización. Cuando te enrielas en lo tuyo, la vida comienza a fluir y es como si te estuviesen echando vuelo desde atrás. Preocúpate de ser tú y serás mejor persona”.

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