Cultura para la paz

Al finalizar una obra, muchos artistas abren un champagne. Yo prefiero lavarme las manos con aguarrás y cerrar la puerta del taller. Volver al otro día y comprobar que no fue un sueño, es lo más parecido a alcanzar el Nirvana, ese estado de liberación del sufrimiento, que buscan religiones como el hinduismo, el jainismo y el budismo, y que tienen el yoga como disciplina.

"La cultura es el camino para la paz. Si nos dedicáramos más a los conciertos, a la lectura, al teatro y a las exposiciones, existiría menos violencia".  

Muchos creen que el yoga no es más que un ejercicio físico. Sin embargo, trabaja también con el alma. Para mí, anhelar el Nirvana es buscar la paz, el equilibrio y la armonía  que también confluyen en la belleza de una obra. Y es que yoga y arte tienen eso en común. Y es por eso que de una u otra forma, en mayor o menor medida, ambos aportan a mi vida.

Todos somos parte de la energía que se encuentra en el universo y está en nuestras manos tomar algo de ella y devolverla: el científico en ciencia, el pintor en un cuadro, el músico en una composición, el poeta en un verso… Pero también hay quienes captan esa energía para el mal, hombres nefastos como Hitler y grupos fanáticos terroristas. La energía no tiene moralidad: depende de cada uno si la usa para la creación o para la destrucción.

Por eso pienso que la cultura es el camino para la paz. Si nos dedicáramos más a los conciertos, a la lectura, al teatro y a las exposiciones, existiría menos violencia. Hemos privilegiado ganar al otro por la fuerza y competimos por tener más aviones y submarinos, instrumentos de destrucción y no de creación.

La cultura ha sido históricamente postergada, especialmente en países como el nuestro. Basta mirar los programas de los actuales candidatos para entender que no es prioridad, porque la cultura no atrae votos.

 Por Mario Toral, soñador profesional 

Viví por muchos años en Francia, segunda patria para mí como para tantos otros artistas. Allí no es raro encontrar leyendas como: “Aquí vivió, aquí pintó o aquí murió Delacroix”. En Chile, en cambio, no conservamos la memoria. Hace unos años, pasó casi inadvertida la demolición -como tantas otras que van sepultando nuestro pasado- de la casa natal de Pablo Neruda en Parral.

Tenemos mucho que aprender de países como Francia. Porque no es solo cuestión de recursos, sino más bien de definición. Debemos dar continuidad a la acción pública para hacer llegar una oferta cultural y artística de calidad al mayor número de personas, independientemente de las ideologías y autoridades de turno.

Si cambiamos nuestra mirada, tal vez llegue el día en que nuestras obras no estén solo en los museos, sino en la calle. Si cambiamos nuestra mirada, quizás el mundo podría ser mejor.

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