Gustavo Ponce, pionero del yoga en Chile

Y el cielo

tuvo compasión

"La mente te puede enfermar y también sanar"

Sobreviviente de un cáncer que lo tuvo desahuciado, la historia del fundador de Yogashala - Chile y Canal Om no ha estado exenta de polémica. A los 71 años, y con un físico extraordinario, es prueba fiel de los beneficios del yoga.

La suya fue una atracción fatal. Y pudo ser letal.

En 2003 le apareció un nódulo en el cuello: “Linfoma No-Hodking”, fue el lapidario diagnóstico que recibió Gustavo Ponce, ex embajador en Japón, pionero del yoga en nuestro país; fundador de Yogashala-Chile, una de las principales escuelas, y Canal Om, centro wellness en Los Vilos. Le dieron pocos años de vida.

“¿Por qué a mí?”, se preguntó de inmediato. “Siempre fui el más sano de la familia, vegetariano, preocupado de mi cuerpo y de mantener hábitos saludables. Además, no había ningún antecedente familiar”. La respuesta fue evidente, cuando el médico en Estados Unidos le preguntó: “¿Sufrió usted algún trauma emocional?”.

Fue a fines de 1995 que la historia de su enfermedad se comenzó a gestar, cuando recibió desde Europa la llamada de su mujer informándole que lo dejaba por otro. “Esto ocurre todo el tiempo, pero la mayoría supera el dolor y rehace su vida. Yo no; estaba obsesionado”.

No era capaz de llevar a la práctica lo que le había enseñado el yoga: “Uno de los principales obstáculos para la felicidad es el deseo que te amarra”, asegura. Al mirar en retrospectiva, reconoce que los celos y pensamientos negativos lo llevaron a una profunda depresión. “¡Es terrible apegarse de una manera insensata a otra persona! Con todos los años de yoga, debiera haber sido capaz de evitar esa atracción fatal, pero sólo a partir de esa experiencia pude comenzar a cultivar el verdadero desapego”, señala.

Miedo a la muerte

Su enfermedad no solo le ayudó a lograr el desapego y evitar que esa atracción fatal se convirtiera en letal. También le hizo enfrentar otro de los grandes obstáculos a la felicidad.

-¿Sintió miedo a la muerte?

“Más que miedo, sentí terror a no poder disfrutar a mis dos hijas y a mi hijo que sólo tenía tres años… ¡No podía abandonarlos! Ser capaz de enfrentar la muerte con tranquilidad y conciencia total es una de las metas del yoga y era el momento de poner en práctica lo que yo enseñaba a mis alumnos”.

-Le dieron pocos años, ¿cómo explica su recuperación?

“Cuando descubres la causa de tu enfermedad, comienza el proceso de sanación. Luché con todas mis fuerzas. Dudé si seguir el tratamiento convencional o un camino alternativo, pero dada la gravedad -y presionado por mi papá médico- decidí iniciar la quimioterapia en forma paralela al yoga, acupuntura y ayurveda”.

-¿Por qué eligió esas tres terapias?

“Porque se basan en un principio común: tratar que el paciente recupere el equilibrio energético para así fortalecer el sistema inmunológico. El pensamiento positivo juega un rol determinante: la mente te puede enfermar y también sanar. El ejercicio, la alimentación, el descanso y la meditación, me dieron la ecuanimidad que necesitaba”.

A partir de ese momento, asegura, su vida entró en otra dimensión. No hace mucho estuvo de cumpleaños: cumplió 71, pero su físico extraordinario no representa más de 50. “Y si pienso en mi edad mental, que es la más importante, me siento aún más joven..."

Ponce Lerou

En Chile, su vida no ha estado exenta de polémica y así como tiene fieles seguidores, también firmes detractores. Su carácter fuerte y la costumbre de decir siempre lo que piensa, no le ha jugado a favor, como tampoco su apellido, que lo identifica como el segundo de los hermanos de Julio, accionista de Soquimich y ex yerno de Augusto Pinochet. “Cuando se supo, dejé de ser el maestro yogui y pasé a ser el hermano de, porque eso vende en los medios”. La situación se agravó cuando salió a defenderlo en un programa de televisión. “La familia es la familia y yo conozco bien a mi hermano, pero en negocios no me meto… ¡si ni siquiera puedo manejar los míos! Mi vida es el yoga y a eso me he dedicado siempre”.

 

A pesar de asegurar que es un tema superado, el desencanto que le provocó que muchos dejaran de ir a su centro por motivos políticos, aún permanece a flor de piel. “Algunos que aprendieron conmigo y abrieron escuelas prefieren decir que estudiaron en India. Ven en mí un árbol que los tapa con su sombra… toman el hacha para cortarlo y así recibir luz. Eso sólo sucede en Chile, pues también enseño en Europa y en Brasil”.

Viajero empedernido

Asegura que muchas veces se siente extranjero en su país. Vivió 33 años fuera, 20 en Japón y el resto en Estados Unidos, Europa e India. Es un viajero empedernido: ha estado en 103 países y ya llenó 18 pasaportes.

 

Cuando cumplió la mayoría de edad, abandonó sus estudios de leyes en la Universidad de Chile, carrera que inició sin mucha vocación por seguir la voluntad de sus padres, que lo desincentivaron de estudiar educación física como él quería. Fue así que a comienzos de 1968 partió a Buenos Aires, donde consiguió trabajo en un barco de carga holandés con destino a Japón. Su objetivo era continuar sus estudios de artes marciales, su pasión desde la infancia en La Calera, cuando también comenzó a practicar yoga de manera autodidacta.

Sin dinero en el bolsillo, al llegar a Japón trabajó de bencinero y enseñó español, inglés y francés. De ahí saltó a la televisión, primero como intérprete y luego como cuenta cuentos, mientras paralelamente entrenaba artes marciales. Ingresó al mundo de los negocios de la mano de una compañía nipona, que se estableció en Santiago para la venta de turbinas y otros insumos para empresas como Codelco. Su conocimiento del idioma e idiosincrasia lo llevaron luego a la diplomacia: el 77 se integró a la embajada de Chile en Japón como agregado comercial, luego fue ministro consejero y entre 1987 y 1990, embajador.

En el intertanto, al cumplir los 35, debió abandonar las artes marciales a raíz de una lesión y el yoga pasó a ser su gran pasión. La cultivó en sucesivos viajes a India, donde se estableció durante dos años, retirándose de la vida convencional a los 48. Allí aprendió Iyengar, Ashtanga Vinyasa y Viniyoga, pavimentando así su regreso a Chile para fundar en 1996 Yogashala, cuna de la mayoría de los centros de Hatha Yoga del país. “El yoga debe adaptarse a las personas y no ellas al yoga; de ahí la diversidad de posibilidades”, dice.

“Yoga, acupuntura y ayurveda se basan en un principio común: tratan que el paciente recupere su equilibrio energético para así fortalecer su sistema inmunológico”.

“¿Por qué a mí? Siempre fui el más sano de la familia, vegetariano, preocupado de mi cuerpo y de mantener hábitos saludables”.

“Muchos ven en mí un árbol que los tapa con su sombra… toman el hacha para cortarlo y así recibir luz. Eso sólo sucede en Chile”.

“Cuando se supo mi parentesco con Julio, dejé de ser el maestro yogui y pasé a ser el hermano de, porque eso vende en los medios”.

-¿Cuáles son sus próximos proyectos?

“El más inmediato es reinyectarle vida a Yogashala, que he tenido abandonada por mi

enfermedad y por preocuparme de enseñar los métodos que desarrollé (Axis, Sattva,

 

Dynamic, Prana Shakti y Yoga Hormonal) en Europa y en Brasil, en lugar de hacerlo en casa.

Sucumbí a mis alumnos y a partir de marzo daré clases todos los días. ¡Como en los viejos tiempos!”.

Gracias a Gustavo Ponce, el yoga salió de los círculos esotéricos y se posicionó como un camino para lograr calma mental a través del manejo de las energías del cuerpo. Eso bien sabe hacerlo él, en la teoría y en la práctica. Y queda en evidencia no sólo cuando se mira al espejo, sino también cuando deja ver su alma…

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