La no violencia para defender nuestras convicciones parece un camino olvidado. Si queremos cambiar la forma en que nos relacionamos, necesitamos además de unas manos pacíficas, una mente y una boca que también lo sean. 

Tres mujeres apuñaladas, sin mediar provocación alguna, mientras manifestaban a favor del aborto durante una marcha feminista en julio pasado; la extrema violencia en La Araucanía; más de 300 tiroteos en colegios y universidades en Estados Unidos en los últimos cinco años; represiones masivas en Nicaragua y Venezuela y sangrientas luchas que afectan al mundo por sus cuatro puntos cardinales, son los síntomas más elocuentes de que algo está pasando en nuestra sociedad.

“La no violencia se expresa no solo en la acción, por lo que no basta con unas manos pacíficas, sino que se requiere una mente y una boca que también lo sean”.

En la vida cotidiana, sin ir más lejos, enfrentamos cientos de manifestaciones de violencia que, aunque no son titulares en los diarios, afectan la forma en que nos desenvolvemos. Bullying en redes sociales, maltrato laboral, acoso sexual, portonazos y hasta el modo en que conducimos el auto o nos subimos al metro, demuestran que la intolerancia y la violencia han reemplazado al diálogo y los argumentos.

Pareciera que cada día nos cuesta más relacionarnos, olvidando que el camino de la no violencia puede ser el arma más efectiva y poderosa que haya desarrollado el hombre para defender sus convicciones, tal como lo han demostrado líderes pacifistas en más de dos mil años de historia.

Mahatma Gandhi fue el artífice de la independencia de la India, pero lo más

inspirador de su figura no es lo que logró, sino cómo lo logró: a través del activismo pacífico fundado en la no violencia.

Convencido de que la paz es el camino, Gandhi se convirtió en referente para movimientos contra la injusticia social en el mundo entero. Activistas como Martin Luther King, que luchó pacíficamente contra la discriminación racial en Estados Unidos, y Nelson Mandela, que privilegió finalmente la desobediencia civil por sobre la lucha armada para terminar con el apartheid, son ejemplos claros del poder seductor de Gandhi.

Tan antiguo como la historia de la humanidad, el concepto filosófico que aboga por la no violencia encuentra sus raíces en las distintas religiones, tanto en el cristianismo, judaísmo e islamismo, como en el budismo, hinduismo y jainismo. Ahimsa es el término que utilizan estas últimas para definir en sánscrito el concepto de no violencia, en el que Gandhi se inspiró para desarrollar su activismo pacífico.

Más allá de no agredir físicamente, Ahimsa se refiere al respeto hacia todos los seres vivos capaces de sentir, absteniéndose de causarles dolor físico o emocional. La no violencia, en este contexto, se expresa no solo en acciones, sino también en pensamientos y palabras: no basta con unas manos pacíficas, sino que se requiere una mente y una boca que también lo sean.

“Cada día nos cuesta más relacionarnos, olvidando que la no violencia puede ser el arma más efectiva y poderosa que haya desarrollado el hombre para defender sus convicciones”.

¿Por qué no ahora?

El ejemplo inspirador de líderes pacifistas nos confirma que nada es más efectivo que el cambio personal para lograr transformar al mundo. A continuación, algunas célebres frases que nos muestran que la paz es el camino y que podemos comenzar a recorrerlo ahora. ¿Y por qué no?

 

-“No hay camino para la paz, la paz es el camino”.

- “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre”.

- “No dejes que se muera el sol, sin que hayan muerto tus rencores”.

- “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

- “Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino”.

-“Uno debe ser tan humilde como el polvo para descubrir la verdad”.

-“La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia”.

- “El amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de la cual dispone el mundo”.

- “Perdonar es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar”.

- “La violencia es el miedo a los ideales de los demás”.

Ser más que hacer

Pese a la evidencia de los testimonios pacifistas, nuestra sociedad parece caminar en sentido contrario. ¿Por qué nos cuesta tanto relacionarnos? Existe consenso en el diagnóstico: nuestra mente está enferma. Y pareciera que también lo hay en las causas que originan esta enfermedad: la cosmovisión del hombre y la carencia del sentido de la vida.

“El primer signo de violencia es la que ejercemos contra nosotros mismos: vivimos exigidos y estresados y hemos perdido el sentido transcendente de la vida”, asegura Patricia May, antropóloga de la Universidad de Chile, columnista, conferencista y fundadora de la Escuela del Alma, donde ofrece clases y talleres de crecimiento personal.

Nuestro sistema social basado en el hacer más que en el ser, explica, nos exige producir y ser eficientes para ser valorados y exitosos. “Este estrés en que vivimos atenta contra el ritmo biológico, psicológico y espiritual del ser humano, provocando un estado interior absolutamente desarmónico”, puntualiza.

En este quehacer desenfrenado, agrega, es difícil hacer una pausa, escucharse y generar un momento para que la persona se conecte con lo que le está pasando y está sintiendo. “Dedicamos poco y nada a la vida espiritual y al sentido trascendente de nuestra vida: quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, generando un profundo sentimiento de insatisfacción”, señala.

Esta insatisfacción afecta la forma en que desarrollamos cada uno de nuestros roles en la vida cotidiana: “Si no somos amorosos con nosotros mismos, menos podemos serlo con la pareja, los hijos, el jefe o el señor que te toca la bocina. Así surge la violencia como forma de comunicarnos y relacionarnos con nosotros mismos y con los demás”, puntualiza Patricia May.

 

Para Swami Ekananda, profesor y maestro de yoga (reconocido por la Escuela de Yoga Bihar de India y por el International Yoga Fellowship Movement), el estrés de la vida moderna, junto a la ignorancia de nuestra mente y el descontrol de nuestras emociones, son los principales generadores de violencia. “Ante cualquier estímulo externo, reaccionamos como si fuéramos verdaderos animalitos preparados para huir o atacar”, señala.

Bajar los decibeles

“El primer signo de violencia es la que ejercemos contra

nosotros mismos: vivimos exigidos y estresados y hemos

perdido el sentido transcendente de la vida”.

El sistema educativo occidental, explica, está centrado en memorizar conocimientos para alcanzar una profesión que permita ganarse la vida, mientras que en las culturas orientales promueven el conocimiento de sí mismo para  prepararse para la vida.

Un ejemplo concreto, afirma, es el caso de los niños atrapados recientemente en una cueva en Tailandia, que dejó al mundo más de una lección: “Nadie -ni los niños, ni sus padres que los esperaban- tuvieron reacciones de pánico, histeria, ni menos de violencia”.

​Desde esa calma mental que da el conocimiento de sí mismo, afirma Swami Ekananda, es posible controlar las emociones y actuar con argumentos en el plano de la razón. “Quien está seguro de sus convicciones no necesita golpear la mesa ni elevar el tono de su voz. Para bajar los niveles actuales de violencia, es preciso trabajar en el conocimiento de nuestra mente, sin preocuparnos tanto del hacer y disminuyendo así los alarmantes niveles de estrés que nos afectan”.

Al respecto, Patricia May agrega que debemos entender que esta manera de vivir nos lleva a tener más, pero no a ser más, ni menos a alcanzar la felicidad. “Yo prefiero hablar de plenitud más que felicidad, y la definiría como un estado interior de paz, conexión y amor para vivir el momento presente. Eso es imposible de lograr con el nivel de decibeles en que actualmente nos desenvolvemos”.

“Debemos aprender a

aceptar -y aceptarnos-, entendiendo que el ser humano actúa de la mejor

manera posible de acuerdo

a las herramientas de que dispone”.

​​Si dejamos de funcionar en piloto automático, existirán mayores posibilidades de que surjan el amor, la generosidad, la empatía, la comprensión y el perdón. “Debemos aprender a aceptar -y aceptarnos- entendiendo que el ser humano actúa de la mejor manera posible de acuerdo a las herramientas de que dispone. Así estaremos contribuyendo de manera concreta a desarrollar una cultura de la no violencia”. Y aunque aún parece lejana, a juicio de Patricia May, hay signos claros de que esta nueva cultura está emergiendo entre nosotros.

“Hay personas de las nuevas generaciones que tienen una visión diferente del mundo. Es una minoría, es cierto, pero cada vez más numerosa, poderosa e inspirada, que propone alternativas en educación, empresas B, ecológicamente sustentables y nuevos conceptos que apuntan justamente a una visión de sociedad más amable y menos violenta. En eso estamos…”.

No violencia:  el arte de la paz

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