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Gastón Soublette

"El mundo está vacío de espíritu"

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Enamorado de Jesús y admirador de la filosofía oriental, este multifacético ícono de la cultura nacional rescató lo mejor de los dos mundos en su eterna búsqueda
del sentido trascendente de la vida.
   Por Paula San Román

Se siente rejuvenecido. Y es que hace sólo unos días comenzó a usar audífonos, porque la sordera le estaba pasando la cuenta. Y revivió, dice. Algo similar le ocurrió hace poco más de dos años, cuando al sentirse más cansado de lo habitual, decidió abandonar sus clases, tras cuarenta años de docencia en la Universidad Católica. Lo que él pensó que era vejez, resultó ser cáncer al colon y luego de tres entradas al quirófano, quedó como nuevo. “¡Cero kilómetro!”, asegura. Y volvió a dar clases, a andar en bicicleta, a subir al cerro…

 

A los 91 años, Gastón Soublette derrocha energía, mantiene su físico tremendamente alto, tremendamente flaco, tremendamente erguido, con su barba y pelo blanco rozándole los hombros, al igual como lucía en las protestas pacíficas en el mítico Campus Oriente de los 80. Ahí continúa haciendo clases en el Instituto de Estética. También conserva su prodigiosa memoria. Sobre todo eso: su memoria. ¿El secreto? Mucha meditación, algo de Tai Chi, comida naturista y,  por sobre todo, oración. “Mi relación con el Señor está por encima de todo lo demás”, confiesa.

 

Nació en Antofagasta y creció en Viña del Mar, en el seno de una familia acomodada. Alumno de los Padres Franceses, estudió derecho por dejar contento a su padre, más que por vocación. Esa, la fue a buscar a Europa, donde estudió música en el Conservatorio de París. Allí también encontró el amor. En un castillo de Bretaña conoció a Bernadette de Saint Luc, con quien cumplió 64 años de matrimonio. Con ella comparte su vida en una quinta en Limache: él entre libros y oraciones; ella entre paltos y naranjos; y ambos esperando la visita de sus tres hijos, diez nietos y tres bisnietos que componen el clan. Antes pasaban juntos todo el verano, contando cuentos y viendo películas de Chaplin. Hoy solo los visitan para los cumpleaños. “Es difícil aceptar la soledad de la vejez”.

 

No maneja auto, celular, computador, internet, ni tarjetas de crédito. Le basta con manejar su mente inquieta. “A lo mejor por hacer tantas cosas me aparté de mi destino. No me dio el cuero para dejarlo todo y elegí un camino intermedio entre el mundo y el absoluto”.

Destino trascendente

Es tanto lo que ha hecho, que definirlo como multifacético parece insuficiente. Podríamos hablar del profesor, maestro de generaciones; del poeta y ensayista; del musicólogo; del coleccionista y experto en estética, filosofía oriental y cultura mapuche, que fue agregado cultural en la icónica Francia del 68. Pero en tan solo un par de páginas, elegimos profundizar en el hombre de origen burgués que hubiese preferido no serlo. Ese que ha dedicado su vida a la búsqueda del sentido trascendente y que humildemente reconoce que le costó encontrar su camino: “Llegar a saber quién es uno, es el trabajo de una vida. El mundo en que vivimos es tan complejo, que nos enredamos en el quehacer y perdemos de vista nuestro destino trascendente”. Su conocimiento de la filosofía oriental marcó un antes y un después en esa constante búsqueda.

“Lo importante es ser exitoso y ganar mucha plata y si vas a misa el domingo, no tienes problemas de conciencia. El mundo está vacío de espíritu”.

¿Cuál es la principal diferencia con la filosofía occidental?

“Los supuestos filosóficos en que se basan los grandes pensadores -como Shankara y Buda- deben ser experimentados por la persona, a diferencia de Kant o Hegel que solo invitan a pensar. No niego la grandeza de la filosofía occidental, pero es nada más que un pensamiento y cada filósofo, un escritor de discursos ideológicos”.

 

¿Cómo llegó a interesarse en ella?

“Cuando conocí a mi maestro, Giuseppe Lanza del Vasto, filósofo y místico italiano, gurú de la no violencia y discípulo de Gandhi. Vino a Chile en el 57 y tuve el coraje de pedirle reunirnos en privado. Nos hicimos amigos, nos carteamos, lo visité y compartí con su comunidad. Él me inició en la meditación y el Hatha Yoga”.

 

¿Usted practica ambas disciplinas?

“Medito diariamente y si me conservo bien, en parte es por eso. Calma la mente, ayuda a conocerse a sí mismo y a controlar las fuerzas vitales. En medio de la agitación, te devuelve a tu centro, aleja los contenidos de la mente y te quedas en el plano del ser. Ahí uno puede experimentar lo que sostiene el yoga hindú: somos sat-chit-ananda, es decir, ser, conciencia, felicidad. La felicidad no viene desde fuera, sino que uno la libera porque la tiene dentro. Respecto al Hatha, prefiero el Tai Chi, un yoga en movimiento”.

¿Nunca pensó en cambiar de religión?

“Soy católico y nunca dejaré de serlo. El mismo Gandhi le dijo a mi maestro: tú debes ser un perfecto cristiano. Y así me lo transmitió él a mí: Jesucristo tiene una autoridad como la de ningún otro, porque él vino a salvar al mundo”.

 

¿Las religiones orientales y el cristianismo son visiones antagónicas?

“Complementarias, diría yo. Los grandes maestros han enseñado muy bien a trabajar la vida interior. Shankara, Patanjali, Confucio y Lao-Tse tienen un dominio absoluto sobre sí mismos muy superior al de los pastores de la Iglesia. Si no, no habría escándalos como los que hemos visto. Pero, ¿qué tiene el cristianismo que ellos no tienen? El Espíritu Santo; él completa lo que nos falta. En los veinte años que separan la resurrección de Jesús del trabajo misionero de San Pablo, los apóstoles -que eran bien ignorantes-  se transformaron en verdaderos profetas, con un conocimiento tan profundo del misterio cristiano que no puede atribuirse al talento personal”.

 

¿El objetivo que buscan ambas es el mismo?

“Claramente. Dios, a través de Krishna, le dice a su discípulo que puede prescindir de todo lo que le ha enseñado -yoga, meditación, devoción, karma yoga- si logra entregarse a él incondicionalmente. Es lo mismo que Jesús nos enseña: deja todo y sígueme”.

 

¿Y cómo se pueden relacionar?

“Uniendo la misión redentora de Cristo con la espiritualidad oriental. Lo que dicen Pablo y Pedro hay que complementarlo con las disciplinas espirituales de oriente, que son tremendamente valiosas para conocerse y controlarse a sí mismo y llegar a la esencia del ser”.

 

Usted sostiene que la sociedad occidental está en decadencia…

“Dejó de ser cristiana y prosperó el pensamiento secular y la hegemonía de la razón. Da lo mismo que digas que crees en Dios, porque es pura creencia; no es esa fe que te cambia la vida como a los apóstoles. Lo importante es ser exitoso y ganar mucha plata y si vas a misa el domingo, no tienes problemas de conciencia. El mundo está vacío de espíritu”.

 

 ¿No cree que la sociedad oriental va por el mismo camino?

“El problema de Japón, por ejemplo, es que asumió plenamente la civilización tecnológica y económica de Occidente y se transformó en una gran potencia. El precio fue la bomba atómica. Un pueblo que se desdibuja así está condenado al fracaso. Oriente entró en la misma maquinaria nuestra, pero existen minorías que conservan las grandes tradiciones espirituales, aunque no tienen influencia en la conducción histórica de sus países”.

“El actual modelo no tiene salvación. La única solución es que emerja una nueva cultura. Que emerja la espiritualidad”.

¿Cuál es el destino?

“Hay gente que se da cuenta de lo que está pasando; no todos hemos sido absorbidos por esta maquinaria materialista. Investigaciones demuestran que existe otro polo, un 15% de la humanidad, que está creando una cultura alternativa que no es de derecha ni de izquierda, ni autoritaria ni democrática. Y va creciendo…”.

 

¿Dónde están? ¿Quiénes son?

“En todas partes. Los veo entre mis alumnos. En tiempos de la dictadura había batallas campales. Hoy -vengan de una población o del barrio alto, llámense como se llamen- tienen claros sus valores. Y si está pasando aquí, también en Francia o Inglaterra. El actual modelo de civilización no tiene salvación. El cambio climático, la corrupción, la decepción, el terrorismo, la delincuencia, van a colapsar el sistema. Llegará el día en que tendremos que emigrar por la sequía o que llegar vivo a tu casa será una bendición. La única solución es que emerja una nueva cultura. Que emerja la espiritualidad”.

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