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Fundadoras de Yoga Sakhyam

Tres generaciones unidas por el yoga

En el mes de la madre, quisimos compartir la historia de vida de tres mujeres marcadas por el yoga,  en homenaje a todas las mujeres, que sea cual sea su filosofía de vida, aportan su energía femenina a la maravillosa tarea de ser madres.

La energía femenina, Shakti según la filosofía oriental, se vive y se siente en la parcela de la Comunidad Ecológica donde viven solas las tres mujeres; madre e hija en una casa y abuela en la contigua. Es la energía de la intuición, del fluir, del cuidado, la cooperación, la creatividad, la comunicación y la inspiración. Son casi exclusivamente mujeres en su familia. Hombres han habido muchos, pero la mayoría solo de paso.

Son tres mujeres, tres generaciones de matriarcas, unidas por el yoga: Marisol Sabaté (86), precursora del yoga en Chile; su hija Yanquinao Guasch (57), junto a quien formó Yoga Sakhyam hace 46 años; y su nieta Luanda Pinto (23), recién egresada de Artes de la Universidad Católica.

“Lo nuestro es karmático -afirma Yanquinao-. No soy solo la mamá de Luanda o la hija de Marisol, sino que hay algo que nos une más allá de esta vida. Existe una comunicación muy profunda: no tenemos ni que hablar porque sabemos lo que piensa la otra”.

Marisol llegó al yoga muy joven, cuando regresó a Chile tras su quiebre matrimonial en España donde vivía. Lo buscó como alternativa para aliviar las jaquecas que la afectaban desde pequeña. Llegó a la primera clase de la mano de sus dos hijos, porque no tenía con quién dejarlos: Panko, entonces de 13 años, y Yanquinao de 9. Y nunca más lo abandonó. Ninguno de los tres.

 

Yanquinao repitió la historia. Cuando nació Luanda, la llevaba a casa de su mamá para que la cuidara mientras ella hacía clases. A los dos años, ya practicaba yoga para niños. De ahí en adelante, el yoga ha sido su filosofía de vida.

Mi objetivo era pagarles un colegio particular, laico y con idioma y lo logré: la Alianza Francesa les entregó las herramientas para ser lo que son. Valió el esfuerzo, ¡pero harto duro que fue!”.

Al igual que su madre, Yanquinao también abandonó el nido. Tenía 23 y su objetivo era irse. Pero para volver.  “Mi mamá es muy mamá, muy contenedora y me solucionaba todo, quizás porque estuvo ausente en mi infancia. Necesitaba encontrarme conmigo misma y cortar el cordón, saber que era capaz de vivir lejos de la familia. Estuve tres años en España y ¡lo pasé chancho! Ser capaz de superar dificultades me hizo madurar”.

“Cuando algo te duele, la otra te dice tócate aquí, haz un pranayama o esta postura liberará la tensión. Hablamos el mismo idioma”,

Marisol Sabaté, la abuela.

“El yoga es todo para nosotros y es natural que así sea; nunca conocí otra cosa. Es maravilloso tener un mundo que compartir, es algo más que nos une”, afirma Luanda. “Es todo un sistema de vida. Cuando algo te duele, la otra te dice tócate aquí, haz un pranayama o esta postura liberará la tensión”, agrega Marisol.

A los 23 también, llegó el turno de Luanda: en septiembre parte a España a estudiar aromaterapia. Al igual que Yanquinao, quiere irse. Pero para volver.  Admira a su mamá como a nadie. Dice que la contiene y la hace sentir segura. Ella le dio las herramientas para tomar sus decisiones, pero le puso límites claros y le enseñó que

“Lo nuestro es karmático; hay algo que nos une más allá de esta vida. Existe una comunicación muy profunda, porque sabemos lo que piensa la otra”, Yanquinao Guasch, la hija.

Irse para volver

Marisol partió a España huyendo de sus padres, en extremo autoritarios. Quería irse para nunca más volver.

Cuando llegó su hora de ser mamá, no quiso repetir la historia. Y se fue al otro extremo. Yanquinao recuerda: “No teníamos límites; en mi casa se podía hacer de todo. ¡Nos criamos prácticamente solos con mi hermano!  Yo lo adoraba; él era como mi papá”.

cada acto tiene su consecuencia. Confiesa que siempre quiere tenerla a su lado, pero que necesita dejar el nido para crecer. “Quiero conocerme a mí misma y saber de qué soy capaz, lejos de la gente que me rodea, que me quiere y me cuida”, afirma.

 

Cuando se fue su hija, recuerda Marisol, se lo lloró todo. Lo mismo fue con su hijo Panko (que partió a Europa a los 17), y seguro ahora será con Luanda. Cada vez que se van siente su enorme falta. “Parece

“El yoga es todo para nosotros y es natural que así sea; nunca conocí otra cosa. Es maravilloso tener un mundo que compartir”,

Luanda Pinto, la nieta.

​“Pienso en eso y me dan ganas de llorar -cuenta Marisol-. Trabajé de lavandera, cuidé casas, hice masajes y de noche trabajaba como recepcionista en dos restaurantes, hasta que instalé mi peluquería.  Llegaba a las 3 de la mañana a lavar la loza y mi hija chiquitita se levantaba a ayudarme. Les dejaba listo el desayuno y partía a trabajar.

que mi destino es amar para que se vayan, pero también para que vuelvan. Mi hijo y mi hija están de regreso aquí: me cuidan, me aguantan y me retan harto. Pero están aquí y espero seguir con vida cuando regrese también Luanda”, concluye Marisol.

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