Aceite de coco: ¿mito o realidad?

Son muchos los que en busca de una vida saludable han seguido los pasos de blogueros de salud, desterrando los aceites vegetales comunes para dar espacio al aceite de coco. Pero, ¿sabemos realmente lo que estamos consumiendo?

De origen polinésico, este aceite ha revolucionado la gastronomía, asignándole numerosos efectos casi milagrosos, pero lo cierto es que existen muchas versiones contradictorias con respecto a su uso y la evidencia científica no avala sus bondades. La American Heart Association (AHA), luego de un meta análisis o revisión sistemática de la investigación existente, decidió desaconsejar su uso debido a que el aceite de coco aumenta el colesterol “malo” LDL, una causa de las enfermedades cardiovasculares, y no tiene efectos favorables compensadores conocidos.

Esta producción de colesterol LDL se debe, entre otras cosas, a su alto contenido de grasas saturadas. Según Nicole Figari, nutricionista y bloguera, el 85% de este exótico producto se compone únicamente de grasas saturadas, un porcentaje bastante alto en comparación con la mantequilla, que contiene un 65%, o la carne, un 50%.

"El 85% de este exótico producto se compone únicamente de grasas saturadas, un porcentaje bastante alto en comparación con la mantequilla, que contiene un 65%, o la carne, un 50%".

Una de las principales bondades que se le atribuye es estimular la pérdida de peso, ya que contiene triglicéridos de cadena media, que aceleran el metabolismo. Sin embargo, en este punto tampoco existe acuerdo. La confusión radica en que el ácido láurico, un ácido graso predominante en el aceite de coco, se cita a menudo como un ácido graso de cadena media, que sin embargo se comporta en el cuerpo como un triglicérido de cadena larga normal, es decir un ácido graso.

Otra de sus características más comentadas es la resistencia a la oxidación cuando se somete a altas temperaturas. Catalina Fuentes, nutricionista de la Clínica Indisa, explica que en el proceso de oxidación se agregan moléculas de oxígeno, en este caso a las grasas, formando radicales libres. Estos modifican las características de los lípidos, cambiando su aspecto y su olor, además de causar la pérdida de nutrientes y generar sustancias tóxicas para el cuerpo.  En este sentido, el aceite de coco tendría una ventaja, pero otros aceites, como el de oliva, también son muy estables a altas temperaturas. En cuanto a las calorías, una cucharada tiene 117, cantidad muy similar a la de otros aceites.

Con todo, la nutricionista Figari señala que el aceite de coco puede convertirse en un positivo suplemento para los veganos, pero no para el común de la población que consume muchas otras grasas. Su gran cantidad de grasas saturadas, en combinación a la dieta chilena (alta en lácteos, mantequillas y carnes), eleva el consumo de grasas diarias recomendables. “Todos deberíamos consumir como máximo un 30% de grasas diarias: 20% de insaturadas -que derivan del pescado, frutos secos y palta- y solo un 10% de saturadas, como el aceite de coco”.  

Según la nutricionista Fuentes, en temas de cocina se recomienda el uso de aceite de oliva, cuyos efectos tienen mucha mayor evidencia: contiene menos grasas saturadas y disminuye los riesgos cardiovasculares, además de ser más económico.

Para tener en cuenta:

Grasas saturadas: son aquellas de origen animal, a excepción del aceite de coco y palma, que se mantienen sólidas a temperatura ambiente. Se definen como “malas”, ya que su alto consumo puede contribuir al aumento de colesterol “malo”, que favorece los problemas cardiovasculares.

Grasas insaturadas: conocidas como los “aceites”, provienen de lo vegetal, a excepción del pescado, y se mantienen líquidas a temperatura ambiente. Son las más beneficiosas para el consumo humano.